EL TIEMPO EN JACA

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Viernes Santo: Cita con la memoria

Pasó junto a mí rozándome con su túnica morada, caminando rápido y solemne, como una sombra muda y anónima avanzando con paso decidido y resuelto hacia su cita anual con la memoria. Apenas vaciló un instante antes de abandonar la penumbra de nuestro portal, como para acostumbrar sus ojos a la claridad limpia de abril.

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Sé quién es. Nos hemos cruzado muchas veces en la calle, en el ascensor y en el garaje del edificio. No hemos hablado mucho, pero sí lo suficiente para saber que es un vecino cómodo, una persona erudita, con ideas claras y mente despejada, irreligioso, aunque hoy es un hombre distinto. Hoy no hay gestos, ni palabras, ni saludos. Dentro de unas horas será solamente un costalero anónimo portando la efigie de un Cristo Crucificado en la procesión de una desconocida cofradía. Nadie que no haya estado en las trabajaderas, juntando sus hombros y su esfuerzo con otros como él, sabe hasta qué punto se comparte ahí abajo la experiencia del sufrimiento.

Este intelectual escéptico me dijo un día: “Yo no creo estar llevando a Dios sobre mis hombros, pero sí a un hombre que murió por el perdón de todos. Me basta con esto para involucrarme en un acto que no pretende ser más que una sencilla muestra de solidaridad con mi gente”.

Esto es nuestra Semana Santa: ni un rito atávico ni un aquelarre de fundamentalismo religioso, sino el reencuentro, en la armonía de la primavera, de un pueblo con el paisaje moral de sus sentimientos y de su conciencia, de sus pasiones y de sus emociones. El reencuentro con el Hombre.

Aún existen miradas vacías, simples y superficiales, que confunden esta fiesta de formidable intensidad sentimental con una tradición estúpida de ancestral folklore patrio o, peor aún, de fanático catolicismo integrista. Deberían, en cambio, ver y admirarse del asombroso respeto con el que cada cual vive la expresión de su fe o los motivos de su presencia. En pocas citas masivas se produce tantísima tolerancia. Políticos profundamente críticos con la Iglesia Católica, presiden sin conflicto alguno las procesiones de su ciudad. Mujeres proabortistas caminan descalzas tras la imagen del Gran Poder, protegiéndose acaso, con un pañolón, de la lluvia de cera de los cirios.

Es la gran fiesta del perdón, la cita del pueblo con la memoria, preservada a través del tiempo por una simbología de devastadora potencia emotiva y bellísima sensibilidad estética, que nos vincula con la necesidad de la indulgencia. Un ritual profundamente enraizado en la religión y en la ética, en esa dimensión social de la penitencia, el amor, la compasión y la piedad.

Los mismos valores del Hombre cuya figura crucificada y moribunda paseó estos días por nuestras calles. Del Hombre que, al perdonar a sus enemigos porque no saben lo que hacen, dejó abierto el poder de la misericordia incluso para los que sí lo saben.

FG / JACATIMES

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