Con la nieve blanqueando la Collarada, el frío en las calles, el viento silbando en las esquinas y las pituitarias coloradas, la olla jacetana adquiere una relevancia sustancial —nunca mejor dicho— en nuestra gastronomía de cuchara.
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| HUESCALAMAGIA |
Este plato, la olla jacetana, hunde sus raíces en las antiguas ollas del Alto
Aragón, platos invernales y contundentes nacidos de la matacía y la huerta. En
las casas del entorno se aprovechaba lo que había: alubias o boliches, cerdo,
berza, huesos y tocino. Un puchero sencillo, energético y bien adaptado al frío
pirenaico.
Con el tiempo, Jaca —ciudad de turismo, guarnición y
comercio— terminó dándole personalidad propia. La olla se hizo más urbana y “de
fonda”, con ingredientes arreglados y presentación más cuidada, sin perder el
alma campesina de los fogones domésticos.
En el primer tercio del siglo XX el plato empezó a aparecer
con nombre propio en cartas de posadas y hoteles jacetanos. Aquel salto del
corral al comedor fijó definitivamente la “olla jacetana” como seña culinaria
local, reconocible por visitantes, turistas y militares de paso.
Hoy, cada invierno, este puchero resume una historia
compartida entre montaña y ciudad: cocina de escasez, fuego lento y cuchara
agradecida. No pretende modernidades; solo pide frío fuera y tiempo dentro. Lo
demás lo pone Jaca.
FG / JACATIMES





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